El individuo venezolano frente a su propia realidad

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La sociedad humana no es una comunidad de hormigas o de termes, regida por instinto heredado y controlada por las leyes de la totalidad superordinada; se funda en los logros del individuo, y está perdida si se hace de este una rueda de la máquina social. (Bertalanffy, 1976, p. 53)

El biólogo Ludwig von Bertalanffy, pionero de la perspectiva sistémica, plantea en su obra sobre la Teoría General de Sistemas, que el valor del ser humano está presente en la mente del individuo, o dicho de otra forma, que la mayor expresión humana reposa siempre en las capacidades del mismo para poder desarrollarse y en las interacciones que tiene para poder articular todas esas individualidades en un mismo accionar en pro de un objetivo en común sin perder la esencia de los individuos. Es decir, en cómo cada persona hace uso de sus propias virtudes para poder crecer, y de ser necesario, unificar esfuerzos para poder lograr un mismo fin, prescindiendo de la intervención de cualquier proceso o ente externo para hacerlo, sino valiéndose de las mismas capacidades organizativas y voluntarias de cada individuo, ya que en ellos podemos encontrar el verdadero potencial del ser humano.

En la Ingeniería de Sistemas dicha obra es ampliamente estudiada y respetada. De esta, la cita que siempre llamó mi atención fue la expresada al inicio de este artículo que proviene de un apartado del libro donde habla de “Ciencia y Sociedad”, a partir del cual introduce el concepto del valor del ser humano anteriormente mencionado, y que al comenzar a entenderlo, me hizo notar que compartía varios de los principios del liberalismo. Por ejemplo, uno de los referentes liberales como es Frédéric Bastiat en el primer capítulo de su obra Armonías Económicas argumentaba que en los seres humanos preexiste una “organización natural” que,  al respetar la libertad individual, permite que el hombre se conecte con otros a través del intercambio recíproco para mejorar su calidad de vida e influir positivamente en la comunidad que lo rodea. Así, Bastiat advertía que cuando los intereses particulares se desenvuelven sin coacción estatal, convergen de forma orgánica hacia la armonía y el bien común.

Una idea que Friedrich Hayek robustece mediante su teoría del orden espontáneo, demostrando que las instituciones sociales y económicas más eficientes surgen de la evolución libre y no de la planificación gubernamental. En su libro Derecho, legislación y libertad deja en claro este punto señalando que “el grado de poder de control sobre el orden extenso y más complejo será mucho menor que el que podamos ejercer sobre un orden deliberadamente construido o taxis. Habrá muchos aspectos del mismo sobre los que no tendremos control alguno, o que por lo menos no podremos modificar sin provocar interferencias en las fuerzas que producen el orden espontáneo y en tal medida provocar obstáculos a las mismas. Cualquier deseo que podamos tener relativo a la particular posición de los elementos individuales, o la relación entre individuos particulares o grupos, no podrá ser satisfecho sin perturbar el orden general” (Hayek, 1973, p. 60). Acá, se termina enfatizando que cualquier interferencia en un orden espontáneo corre el riesgo de afectar su rendimiento en su totalidad.

En el mismo libro, el propio Hayek llegó a notar esta profunda cercanía interdisciplinaria al señalar que el estudio de estos órdenes que “se autoorganizan o autogeneran” no era exclusivo de la economía, sino que compartía la misma esencia de los organismos vivos y los avances de la cibernética (Hayek, 1973, p. 59). De este modo, el texto revela una fascinante convergencia: desde áreas científicas completamente distintas, tanto Bertalanffy como Hayek descubrieron que las estructuras más complejas y eficientes del mundo, ya sean biológicas, sistémicas o sociales, no nacen del diseño deliberado de un gobernante, sino de la propia libertad de sus elementos para interactuar y regularse a sí mismos.

Todos estos pensadores compartían un eje central: que el desarrollo de las sociedades puede darse en su mayor expresión cuando los individuos pueden alcanzar sus mayores potenciales individuales. Ellos priorizan el postulado principal:  el ser humano antes de ser un animal político es un individuo, y pensar en los seres humanos como entidades biológicas que pueden ser controladas como una comunidad de hormigas, no solo era peligroso, sino que afectaba directamente el desarrollo libre y eficiente del individuo, tanto de sí mismo, como del sistema social del que forma parte.

En Venezuela este concepto se ha podido ver expresado de forma clara cuando al individuo se le ha permitido desarrollarse de manera natural, logrando innovar y creando soluciones realmente efectivas. El ejemplo más reciente deriva de la necesidad que ha tenido el venezolano de poder “resolver” ante situaciones adversas (inflación, desabastecimiento y caída del poder adquisitivo) que se han presentado en los últimos años. Situaciones de las cuales fue necesario el accionar libre, el ingenio, y la determinación de cada persona para poder sostenerse y de la misma forma sostener a los suyos. Este último accionar muchas veces pasa completamente desapercibido; tanto así que en Venezuela han ganado ideas como: el venezolano es egoísta y se deja llevar por la “Viveza Criolla” siempre que se le da la oportunidad o el venezolano no puede organizarse por sí mismo y siempre necesita de un externo que le diga qué hacer.

Este prejuicio invisibiliza y desprecia el esfuerzo individual que el venezolano ha hecho dentro y fuera de Venezuela para hacerse con un espacio cuando todas las posibilidades parecían estar en contra. Ese venezolano emprendedor, servicial, trabajador, amigable, parece quedar opacado por las acciones de unos pocos. Puede ser cierto que la sociedad venezolana pasa por un momento realmente complicado, pero si algo se puede rescatar es que detrás de las noticias u opiniones negativas respecto al mismo, la realidad es que el venezolano cuando se le permite aportar y construir, cuando se le deja hacer, realmente cumple. Quizás todavía no cuenta con las mejores herramientas formativas, o con los recursos necesarios para explotar su máximo potencial como esperaría Bertalanffy, pero las capacidades las posee.

Luego del terremoto ocurrido el pasado 24 de junio de 2026 en la ciudad de La Guaira, el mundo, pero sobre todo el mismo venezolano se empezó a dar cuenta de lo que realmente puede lograr cuando se lo propone, cuando todo parece en contra. Como ejemplo encontramos en la región central el centro de acopio de la Universidad Central de Venezuela ubicado en Caracas que movilizó no solo a estudiantes o gremios sino a la sociedad civil en general, para poder dar de lo poco que tenían al otro sin mirar atrás, persistiendo incluso luego del pasar del tiempo, con la convicción de apoyar hasta el final. En occidente encontramos el centro de acopio de “El Tacón” ubicado en el Estado Zulia en la ciudad de Maracaibo que movilizó el apoyo en un aporte masivo de una región realmente alejada del suceso, pero con la misma disposición de los que estaban cercanos, igualmente, persistiendo el pasar de los meses.

Estos solo fueron dos ejemplos, pero hubo miles alrededor de todo el país (e incluso de la migración que se encontraba en el exterior) que se organizaron y ofrecieron respuestas inmediatas, sin esperar a un llamado, unidos por la misma causa pero aportando desde lo que cada individuo podía ofrecer. Algunos donaban insumos, otros apoyaban la logística, otros preocupados de las personas que apoyaban los centros de acopio, otros desarrollaban respuestas web innovadoras para centralizar esfuerzos. Es cierto que la ayuda ha bajado considerablemente debido al paso del tiempo, los problemas diarios y la pérdida de foco mediático con el paso de los meses, llegando a resultar en una situación realmente frustrante, ya que aún queda un largo camino por delante para que La Guaira logre recuperarse, o al menos intente cerrar este amargo capítulo de su historia. Pero a pesar de ello, sí existe una gran lección que podemos rescatar de esta experiencia, lección que nos muestra realmente lo que Bertalanffy, Bastiat o Hayek expresaban, es que el venezolano es capaz de lograr tomar las riendas del país si tiene la oportunidad.

Todas estas iniciativas individuales que propusieron los venezolanos ante el desastre del terremoto en La Guaira terminan reforzando la idea de que el venezolano simplemente necesita el espacio para desarrollar las capacidades que definen su propia humanidad; es decir, su individualidad. Cada uno a partir de una organización natural, de un orden completamente espontáneo, generó un impacto. Esto no surge solo porque se unieron en solidaridad, esto va más allá, esto se logra porque cada quien aportó algo distinto, algo único, y allí radica ese valor real que nos define. No se trata de trabajar solos o aislados, sino de que cada quien pueda desarrollar lo que su proyecto de vida le dicte para que, en conjunto y de forma espontánea, cada uno sea libre de aportar en lo que pueda, y entre todos poder generar una mejor sociedad. Esto no significa que el venezolano no requiera ningún apoyo o que deba valerse solo de su propia humanidad, ya que necesita que se le aseguren su vida, su propiedad y su libertad. Sin embargo, sí representa un paradigma roto: al fin y al cabo, el venezolano depende principalmente de sí mismo y de esa voluntad que lo caracteriza para salir adelante.

Algo a destacar es que, mientras me encontraba en uno de los centros de acopio de mi región, un hombre se acercó a donar y, tras comentarnos que conocía muy bien el sector en donde nos encontrábamos, hizo mucho hincapié en que “ese sector no ayuda a nadie”. Yo también conocía ese sector; ya había trabajado allí en el pasado y había visto con mis propios ojos cómo sí contribuían cuando era necesario. No siempre de la forma más organizada, quizás, pero sí había gente dispuesta a apoyar. En ese momento me di cuenta de que este comentario ya lo había escuchado antes; no era algo aislado respecto a dicha comunidad. Al contrario, era una percepción que muchas veces abarcaba mi ciudad y, de hecho, a Venezuela. Se repetía una y otra vez de forma siempre generalizada, lo cual a mí, en lo personal, me sorprendía demasiado, porque yo veía de primera mano cómo ese mismo día, esa misma comunidad, sin pedírselo, nos llevó almuerzo, cena, cajas y hasta ofrecieron manos para apoyar. No nos abandonaron y, definitivamente, tanto ese sector como Venezuela sí saben ayudar.

El potencial del individuo es mucho mayor de lo que solemos creer. Muchas veces se subestima al otro por lo poco que sabe, por las acciones de cierto porcentaje de la población o por las dificultades del entorno. Sin embargo, se suele olvidar una verdad que los pensadores liberales como Bastiat o Hayek o hasta biólogos como Bertalanffy defendieron siempre: que el ser humano posee un valor intrínseco capaz de superar cualquier adversidad, adaptarse y generar soluciones. Es esa misma capacidad individual —a menudo confundida con ‘egoísmo puro’— la que permite al individuo desarrollarse. Cuando sus derechos fundamentales están asegurados, es cuando realmente puede vivir con dignidad y volcarse a apoyar enteramente al prójimo.

Referencias

Bastiat, F. (2020). Armonías económicas (F. Pérez Romero, trad.). Fundación para el Progreso. (Obra original publicada en 1858). jeffersonamericas.org

Bertalanffy, L. von. (1976). Teoría general de los sistemas: Fundamentos, desarrollo, aplicaciones (J. Almela, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1968).

Hayek, F. A. (2006). Derecho, legislación y libertad (Vol. 1). Unión Editorial.

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