Cotidianidad de la tragedia

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Kafka escribió el 2 de agosto de 1914: “Deutschland hat Rußland den Krieg erklärt. – Nachmittag Schwimmschule” [“Alemania ha declarado la guerra a Rusia. — Por la tarde, escuela de natación”, traducción propia].

Franz Kafka, con 31 años, anotó en su diario probablemente una de las entradas que más resuena y que sigue resultando fascinante. No es exactamente por la frase, sino lo que provoca en quien ya sabe que aquella guerra se convertiría en una de las mayores catástrofes bélicas de la historia contemporánea. Kafka no compara, no explica, no protesta: registra. La guerra y la escuela de natación aparecen una junto a la otra, sin que el diario nos permita saber qué jerarquía subjetiva tenían para él. Y quizá sea precisamente esa ausencia de explicación lo que vuelve tan perturbadora la entrada.

La tragedia no necesariamente interrumpe la cotidianidad. Puede ocurrir dentro de ella. Una guerra puede comenzar mientras alguien continúa con aquello que tenía previsto hacer esa tarde. No porque ambos acontecimientos tengan necesariamente el mismo significado, sino porque la vida cotidiana no posee un mecanismo automático que se detenga ante la catástrofe. El mundo puede cambiar mientras uno sigue con su día.

Han pasado más de cien años y el mecanismo adquiere una nueva dimensión. Abres Instagram y, en lo que alcanzas a deslizar, conviven un homicidio, un meme y un anuncio del último iPhone, todos presentados dentro de la misma secuencia visual, disputando el mismo segundo de atención. Nada se detiene. Sigues deslizando el dedo y continúas con tu día como cualquier otro. ¿Por qué?

El algoritmo decide qué aparece después del horror en el feed, pero tampoco opera en el vacío: hay alguien que decidió seguir deslizando el dedo. Las interacciones previas de los usuarios constituyen señales a partir de las cuales los sistemas de personalización pueden ordenar y filtrar qué contenidos adquieren mayor visibilidad (Rader, 2017). Detrás del algoritmo hay decisiones, diseños, hábitos y respuestas repetidas millones de veces. Algunas son conscientes; otras probablemente no.

Y es precisamente esa repetición la que puede fabricar la sensación de que nada cambió.

Aquí aparece una resonancia con lo que Hannah Arendt denominó la “banalidad del mal” al analizar el juicio de Adolf Eichmann: la posibilidad de que determinadas formas de mal extremo puedan desarrollarse dentro de estructuras ordinarias, burocráticas y funcionales, sin requerir que quienes participan en ellas se conciban a sí mismos como monstruos (Arendt, 1963). La comparación no significa que deslizar el dedo en una red social sea equivalente a participar en un crimen de Estado. La conexión es otra: en ambos casos aparece la inquietante posibilidad de que una acción pueda ejecutarse dentro de una rutina sin que quien la realiza se detenga necesariamente a considerar aquello que esa acción produce.

La tragedia no se banaliza sola. Alguien, en algún punto, tomó las riendas.

Ahí está el giro: lo que comenzó siendo cotidianidad en la tragedia (dos acontecimientos que aparecen juntos dentro de la continuidad de un día, como en el diario de Kafka) puede transformarse en cotidianidad de la tragedia. Ya no se trata solamente de que lo trivial y lo trágico coexistan. La tragedia misma comienza a formar parte de la rutina: es procesada por el mismo dedo, en el mismo segundo y dentro de la misma secuencia que un anuncio de zapatillas.

No sabemos si aquello que se deslizó hoy frente a nuestros ojos fue una decisión o un reflejo. Tampoco sabemos hasta qué punto es posible distinguir una cosa de la otra cuando nuestros entornos están diseñados para mantener nuestra atención en movimiento. Y ahí la libertad individual deja de ser solamente un concepto que se defiende mediante argumentos económicos o derechos de propiedad, y se convierte en algo más incómodo: la dificultad de distinguir, mientras ocurre, entre aquello que elegimos y aquello que simplemente sucede.

Quizás no sea culpa del algoritmo. Quizás tampoco sea del todo responsabilidad de quien mira. Quizás la pregunta correcta nunca fue de quién es la culpa, sino si todavía sabemos qué significa elegir algo.

Referencias: 

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.; 4.ª ed.). Lumen. (Trabajo original publicado en 1963). 

Kafka, F. (1976). Tagebücher 1910-1923. Projekt Gutenberg-DE. https://projekt-gutenberg.org/authors/franz-kafka/books/tagebuecher-19101923/chapter/7/

Rader, E. (2017). Examining user surprise as a symptom of algorithmic filtering. International Journal of Human-Computer Studies, 98, 72–88. https://doi.org/10.1016/j.ijhcs.2016.10.005 

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