Treinta y tres caminos
se abren frente a nosotros,
treinta y tres voces
que prometen ser la respuesta
a un país que aún no termina de hacerse.
Pero el Perú no es un número,
no cabe en una cédula marcada con prisa,
ni en un logo que se olvida,
apenas termina la campaña.
Treinta y tres partidos,
y sin embargo,
cuántas ideas nuevas,
cuántos compromisos que resistan
más allá del aplauso fácil.
Nos hablan de cambio
como si no lo hubiéramos escuchado antes,
como si la memoria no pesara,
como si el pasado
no se sentara a nuestro lado
cada vez que votamos.
Y ahí estamos,
haciendo fila,
con la esperanza intacta
y la desconfianza aprendida.
Elegir nunca fue tan complejo:
no es solo marcar un símbolo,
es intentar descifrar
quién no nos va a fallar primero.
Porque en un país cansado,
la democracia no es solo un derecho,
es un acto de fe.
Treinta y tres caminos,
pero un solo destino compartido.
Y entonces la pregunta
no es quién promete más,
sino quién entiende mejor
lo que somos
y lo que nos duele.
Porque el Perú no necesita
más discursos perfectos,
necesita coherencia, necesita nuevas ideas,
necesita ciudadanos
que no olviden después de votar.
Tal vez el problema
no sean los treinta y tres,
sino lo que dejamos de exigir.
Tal vez la verdadera elección
no está en la cédula,
sino en lo que toleramos
cuando termina la jornada.
Y mientras el país decide,
entre promesas que se parecen demasiado,
queda una certeza incómoda:
la democracia no se mide
por cuántos compiten,
sino por cuántos realmente
están a la altura de gobernar.