No nacimos para que se decidan por nosotros.
Ni para heredar
un Estado que crece
mientras el individuo se encoge.
Nos dijeron que la juventud
debía esperar su turno,
como si la libertad
tuviera edad mínima.
Pero entendimos pronto
lo que escribió John Locke:
que la vida no se negocia,
que la libertad no se delega,
que la propiedad no es un privilegio,
es una extensión de lo que somos.
Y entonces dejamos de pedir permiso.
Porque no queremos tutela,
no queremos que nos protejan
de nuestras propias decisiones.
Queremos asumirlas.
Con aciertos.
Con errores.
Con todo lo que implica ser libres de verdad.
Nos dicen que el Estado sabe más,
que planifica mejor,
que corrige lo que somos.
Pero la historia —esa que incomoda—
ha demostrado lo contrario.
Friedrich Hayek
lo advirtió sin adornos:
cuando el poder se concentra,
la libertad se reduce,
aunque el discurso suene noble.
Y nosotros no compramos discursos.
No creemos en promesas
que sacrifican al individuo
en nombre de algo más grande.
Porque sabemos
que no hay nada más grande
que la libertad de cada persona
para construir su propio destino.
Ser joven en política, para nosotros,
no es repetir consignas,
es defender principios.
Es sostener que el mérito importa.
Que el esfuerzo cuenta.
Que la igualdad ante la ley
es el único punto de partida justo.
No queremos un mundo diseñado,
queremos un mundo abierto.
Donde cada uno avance
hasta donde su talento,
su trabajo
y su decisión lo lleven.
Sin trabas innecesarias.
Sin permisos absurdos.
Sin miedo a elegir.
Porque al final,
eso es lo que somos:
una generación
que no pide garantías,
pide libertad.