Dicen que es solo un voto,
un papel breve,
una marca rápida
en una esquina de la historia.
Pero nadie habla
del temblor en las manos,
del silencio que pesa
cuando entiendes
que esta vez sí importa.
Somos jóvenes, dicen,
como si eso significara
no saber,
no entender,
no sentir el peso
de un país entero sobre los hombros.
Y sin embargo, aquí estamos.
Con dudas,
con preguntas que nadie respondió del todo,
con nombres que compiten
pero no siempre convencen.
Aquí estamos,
frente a una decisión
que parece demasiado grande
para alguien que recién empieza.
Porque votar por primera vez
no es solo elegir,
es enfrentarte a todo
lo que no te enseñaron,
a todo lo que descubriste tarde,
a todo lo que ahora
no puedes ignorar.
Es entender que el futuro
no llega solo,
se construye,
aunque no sepamos exactamente cómo.
En EsLibertad nos enseñaron
a pensar,
a cuestionar,
a no aceptar respuestas fáciles.
Y tal vez por eso
votar se siente más difícil.
Porque ya no basta
con creer,
ahora toca decidir.
Y decidir
también es renunciar
a todas las otras opciones
que no elegimos.
Qué extraño,
crecer así,
de golpe,
en una fila,
con un DNI en la mano
y el país mirándonos sin decir nada.
Tal vez no tengamos todas las respuestas.
Tal vez nos equivoquemos.
Pero hay algo que sí sabemos:
no somos indiferentes.
Y en un país
donde muchos dejaron de creer,
eso ya es un acto
de resistencia.
Porque esta no es solo
la primera vez que votamos,
es la primera vez
que decidimos
no mirar al costado.