Amar al Perú
no es repetir su nombre
como si bastara,
ni envolverlo en palabras
que suenan bonito
pero no se sostienen.
Amar al Perú
es mirarlo de frente,
sin esquivar lo que duele,
sin negar lo que falta,
pero sin olvidar
todo lo que aún promete.
Es no conformarse.
Es entender
que este país
no necesita que lo idealicen,
sino manos que lo construyan
todos los días,
aunque cueste.
Porque el Perú no es perfecto,
pero es nuestro.
Y a veces,
eso es lo único
que nos sostiene
para no rendirnos.
Aquí, amar también es exigir.
Exigir que las oportunidades
no tengan apellido,
que no dependan del lugar
donde abriste los ojos por primera vez,
ni de la suerte
que te tocó cargar al inicio.
Es creer aunque a veces duela
que cada persona
merece la libertad real
de intentar,
de caer,
de volver a levantarse.
Es confiar
en que el talento existe,

aunque muchas veces
se quede sin camino.
Y por eso incomoda.
Porque amar así
no es fácil.
No es aplaudir todo,
no es callar lo que está mal,
no es acostumbrarse
a lo mismo de siempre.
Es cuestionar,
es proponer,
es negarse a quedarse quieto
cuando sabes
que podemos ser más.
Amar al Perú
es, sobre todo,
confiar en su gente.
En el que emprende
sin garantías,
en el que estudia
aunque el camino sea largo,
en el que trabaja en silencio
sin que nadie lo mire.
Ahí está el país real.
No en promesas que se repiten,
no en campañas que se olvidan,
no en discursos que pasan
y no dejan huella.
Está en quienes,
todos los días,
deciden avanzar
aunque nadie se los asegure.
Y tal vez ahí,
en ese intento constante,
esté lo más cercano
a la libertad:
saber que el futuro
no está escrito,
pero aun así
atreverse a construirlo.

Porque amar al Perú
no es esperar que cambie,
es decidir,
incluso con dudas,
ser parte
de ese cambio.

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