Existe una corriente cada vez más visible dentro de la derecha (y aunque el eje izquierda/derecha es una simplificación insuficiente para describir la complejidad de las ideas políticas contemporáneas, lo utilizaré aquí por razones de claridad) que ha desarrollado un profundo desprecio hacia las ciencias sociales.
No me refiero únicamente a una crítica legítima hacia determinadas corrientes ideológicas presentes en algunas universidades o espacios académicos. Esa crítica puede ser válida e incluso necesaria. El problema aparece cuando se da un salto injustificado: pasar de cuestionar ciertos enfoques ideológicos a descalificar disciplinas completas como la psicología, la sociología, la antropología o la ciencia política.
Como psicólogo clínico, lo he visto de manera directa. Y lo más preocupante es que ese desprecio no se dirige solo contra teorías abstractas, sino contra herramientas concretas que ayudan a las personas a comprenderse, sanar y vivir mejor.
El problema no son las ciencias sociales. Existe eso sí, un fenómeno real que no conviene negar. Durante décadas, importantes sectores de las ciencias sociales fueron progresivamente capturados por determinadas corrientes ideológicas. En muchas facultades resulta difícil encontrar pluralismo intelectual, y con frecuencia ciertas teorías son presentadas más como verdades morales que como hipótesis susceptibles de debate. Esa crítica es legítima, pero lo que no resulta legítimo es concluir que el problema son las disciplinas mismas. Es como afirmar que la economía dejó de ser una ciencia porque algunos economistas defienden el socialismo, o que la biología perdió validez porque existen científicos con posiciones políticas cuestionables.
Las personas tienen ideologías; las disciplinas científicas, no. Confundir ambas cosas constituye un error intelectual que termina empobreciendo el debate público.
Quienes defendemos instituciones como la familia, la responsabilidad personal o la libertad no podemos desentendernos de aquello que precisamente estudia cómo funcionan las personas y las comunidades. ¿Cómo se pretende fortalecer la familia ignorando décadas de investigación sobre apego, desarrollo infantil, violencia intrafamiliar o parentalidad? ¿Cómo se pretende combatir las adicciones despreciando la psicología clínica? ¿Cómo se busca reducir la delincuencia sin comprender los factores sociales, familiares y psicológicos que influyen en la conducta humana? Las políticas públicas no se construyen únicamente desde la economía o el derecho: también requieren comprender cómo piensan, sienten y actúan las personas. Renunciar a ese conocimiento significa diseñar soluciones incompletas.
Y no es solo un problema académico. También se expresa en la cultura cotidiana de ciertos sectores conservadores, en frases que hemos escuchado muchas veces: “¿Terapia? Eso es de masculinidad frágil.” “Un hombre de verdad no va al psicólogo.” Reflejan una cultura donde pedir ayuda psicológica se interpreta como una señal de debilidad, cuando en realidad supone todo lo contrario: la capacidad de reconocer un problema y hacerse responsable de él. (Ver artículo anterior)
Si la izquierda ha logrado ocupar espacios importantes dentro de las ciencias sociales, la respuesta no debería ser abandonarlas, sino estudiarlas mejor: producir mejores investigaciones, promover el pluralismo académico, discutir con evidencia y no con caricaturas. Porque un liberal clásico no debería temerle al conocimiento. Debería defender precisamente aquello que permite distinguir una afirmación fundada de un simple prejuicio: la evidencia, la discusión abierta y el método científico.
Cuando una corriente política deja de estudiar al ser humano, inevitablemente comienza a reemplazar la evidencia por consignas, y una política construida sobre consignas difícilmente puede comprender los problemas reales de las personas. Quizá la verdadera fortaleza no consista en rechazar la psicología, sino en tener la honestidad intelectual suficiente para reconocer que entender al ser humano nunca será una debilidad.