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Don't tread on anyone

Alberto Fernández perdió la cabeza

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Nicolás Pierini
Coordinador de Academia para Latinoamérica de Estudiantes por la Libertad


Alberto Fernández perdió la cabeza. O mejor dicho, se la comió Cristina. La jefa del jefe del estado, de tanto picotearle el cerebro, se lo vació de contenido. Alberto temía que ella lo convirtiera en un títere. Fue mucho peor, lo transformó en un espantapájaros, casi en un holograma que solo dice barbaridades. La peor de todas las que dijo anoche le costó una denuncia penal de la Coalición Cívica por instigación al suicidio y amenaza de asesinato mafioso al fiscal Diego Luciani. Fue la respuesta ante esa frase que quedará en la historia de la hijoputez: “Hasta acá, Nisman se suicidó; espero que Luciani no haga algo así”.

La verdad es que hasta acá, la justicia sigue investigando el caso del fiscal Alberto Nisman como un asesinato hecho y derecho. Un magnicidio que tuvo como único motivo las denuncias que iba a exponer unas horas después en el Congreso contra Cristina por el encubrimiento a los iraníes que volaron la AMIA. Fue de una extrema gravedad institucional lo que dijo el presidente decorativo de la Nación. Porque a los efectos legales y burocráticos sigue siendo el primer mandatario. “Fue un claro mensaje mafioso”, dijo el diputado Maximiliano Ferraro. Lo mismo ocurre con sus críticas feroces a la justicia y a los fiscales. En la violación a cielo abierto de la división de poderes. Es la injerencia ilegal de un poder sobre el otro. Es un ataque a la República. Por eso varios diputados opositores ya iniciaron el proceso de juicio político.

Nadie lo registró demasiado todavía. Pero Alberto, también es el presidente del Partido Justicialista. Es todo un símbolo. Porque tanto él como el peronismo, fueron reducidos a la servidumbre por Cristina. Todos se arrodillaron ante el altar de Cristina para chuparle las medias y nadie se atrevió a hacerle la más mínima crítica pero ahora, la cosa es mucho más peligrosa. Ahora, directamente se han convertido en cómplices de la cleptocracia y de la corrupción de estado más grave de la historia democrática. No hubo una sola voz del peronismo que se levantara para criticar ese discurso falaz de que Cristina es una santa revolucionaria y que la persiguen los poderosos.

Anoche Alberto repitió que Cristina “es una mujer honesta, que no participó en nada de lo que se la acusa y que fue condenada mediáticamente”. Un pusilánime absoluto. Un cobarde, según el diccionario. Nadie definió mejor la situación que la editorial dibujada de Nik.

La estatua que representa la justicia tiene el rostro totalmente cubierto con un pañuelo. Y una persona comenta: “Antes se vendaba los ojos, pero después de la frase de Alberto Fernández, se tapa la cara de vergüenza…” Y Gaturro exhibe una pancarta que dice: “Todos somos Luciani”.

Pero esta decadencia intelectual y moral de Fernández no es ningún chiste. Se asoció a Cristina para empujar al país a un abismo institucional. Degradaron al fiscal que según él, dijo “un sinfín de disparates jurídicos” y fogonearon marchas, cortes de rutas y actitudes violentas y patoteras para intimidar a los jueces que tienen que resolver si condenan a Cristina a 12 años de prisión por ser la jefa de una asociación ilícita que saqueó al estado, tal como propusieron los fiscales.

El salvaje juez Ramos Padilla fue por el mismo camino cuando dijo que le pongan un psicólogo al fiscal Luciani para que no se suicide. Y Cristina demostró que su desesperación no tiene límites cuando se metió con las familias de los magistrados y hasta con el cuñado fallecido de Luciani al exhumar un aviso fúnebre publicado por Pepín Rodríguez Simón, un operador macrista repudiablemente prófugo.

Alberto apeló a la sarasa y las mentiras seriales para despegar a Cristina de los negociados sucios y corruptos con Lázaro Báez: “Son cuestiones éticas y no penales”. Eso dijo. Pero la verdad es que son estafas inexplicables desde la honestidad. ¿Cómo hizo toda la familia Kirchner, casi todos sus ministros y funcionarios y hasta sus secretarios privados para transformarse en millonarios en tan poco tiempo?  Ni Luis D’Elia defendió eso cuando habló de los 60 millones de dólares de Daniel Muñoz y de la cadena hotelera K en Santa Cruz.

Ni Alberto ni Cristina ni Sergio Massa salieron a cruzar o a rechazar el llamado a un golpe de estado contra uno de sus poderes, por parte de D’Elia. No debería ser gratis convocar por los medios a cortar la ruta 3 y 20 rutas más hasta que renuncie la Corte Suprema de Justicia. Eso es un levantamiento carapintada de los piqueteros, un acto sedicioso, como definió Morales Solá. Una violación de la ley de defensa de la democracia.

Además, Alberto fue el crítico más feroz que tuvo Cristina. Cuando estaba enfrentado con su actual vice, fue despiadado en sus ataques.

Durante una entrevista que le hizo nuestro colega Eduardo Van del Kooy, en TN, a principios de 2015, solo Alberto, se atrevió a decir que todo lo que dijo e hizo Cristina fue “cínicamente delirante”. Comentó que ella estaba alegre y simpática, después de la muerte del fiscal Nisman”.

Según la Real Academia Española. “cínica” es una persona que actúa con falsedad o desvergüenza descarada y es impúdica y procaz”. Algunos de sus sinónimos son: insolente, caradura, falso e hipócrita. El término delirante se refiere a una fantasía disparatada o a alguna postura enloquecedora.

Insisto: esto no lo digo yo. Lo dijo Alberto. Pero por tuit ya había traspasado la línea del buen gusto, cuando escribió que su gobierno era psicótico y ella también actúa como una psicópata.

Otra vez el diccionario que encuentra estos sinónimos de  psicópata: neurótica, desequilibrada, lunática, demente y loca.

Insisto con la aclaración: esto no lo estoy diciendo yo, un humilde cronista. Esto lo dijo el actual presidente de la Nación. 

¿Fuerte no? Agresiones de alto calibre.

Hace menos de 6 años, Alberto dijo que “nadie cree en la Argentina que Nisman se haya suicidado. Y “que la primera que no lo cree, es Cristina.

El archivo dice la verdad. Ni Alberto decía que Nisman se suicidó o que Cristina era honesta. Alberto perdió la cabeza. Y la dignidad.


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