En dedicatoria al filósofo José Ingenieros, al economista Javier Milei, a mis amistades y familia
Mi intención con este escrito es plasmar la energía argentina que he experimentado a lo largo de mi vida y en especial, estos últimos años de universidad. Recuerdo melancólicamente, haber comenzado la universidad con la idea de emigrar algún día y ante esto no había nada que me perturbara o hiciera cambiar de parecer, más que una persona en especial.
No pensaba demasiado en muchas cosas que anteriormente me pasaban desapercibidas, sin embargo, estos años he captado una esencia que sin haberla hecho consciente en su momento, siempre estuvo y de alguna u otra forma me deslumbraba.
No me detendré a explayarme demasiado en aquellos sucesos. Pues, es un conjunto muy extenso, pero de forma general puedo nombrar algunas de esas cosas que parecen prescindibles y sin embargo son justamente, las que conforman mi concepto de “República Argentina”.
Los espacios, cuyo urbanismo siempre me pareció admirable, en especial los de Mendoza, debido a su construcción estratégicamente diseñada para ser una ciudad oasis. Espacios cuya arquitectura está llena de planificación y por lo tanto, significación.
Incluyendo junto a estos espacios, las plazas. Fue un momento desconcertante en mi vida descubrir que no todas las plazas en el mundo son verdes y que incluso, es algo bastante inusual. Me gusta mucho que las plazas tengan césped en lugar de cemento, además de que me parece ambientalmente recomendable.
También aquellos espacios familiares, que no son familiares exclusivamente por su construcción material sino más bien, por su construcción social. La casa de mi tía en Buenos Aires, por ejemplo, a la cual llamamos “transformer” porque no importa que parezca que no hay más lugar, ella siempre logra la manera de que cualquier persona tenga un lugar donde sentirse acogido.
No me detendré mucho más pero quisiera nombrar aunque sea acotadamente, aquellas cosas que cuando no están, de cierta forma te hacen entender que no estás en casa.
En relación con el espacio, los paisajes inmensos, la cordillera con su anchura y altura, las montañas imponentes a la vista que no tienen manera de pasar desapercibidas, el paisaje de la llanura en las rutas, la ~nada~ de las rutas, esa nada que está compuesta de una vista que parece un camino infinito, que da la impresión de que nunca volverás a ver una edificación en tu vida y que te quedaras para siempre atrapada viajando sobre la ruta.
Por último, mi momento favorito, la media tarde. Fue fuerte, así como descubrí que existen plazas sin césped, descubrir que dedicarle un especial momento a la tarde, para adorar unas facturas (término Argentino para referirse a pasteles) con un café o infusión por el estilo, no es un acontecimiento muy cotidiano en el mundo sino que es más bien, una mera costumbre argentina. Ni hablar del día en que luego de buscar desconcertada por tantas panaderías, llegue a darme cuenta de que las medialunas (término de algunos países del Río de la plata para referirse a un pan especial o bollo en forma de media luna) no existen, ¡no existen!, al parecer, en la mayoría de los países.
En fin, estos últimos años, me di cuenta de una cosa relevante y es el hecho de que soy argentina. Con ello claramente quiero decir, descubrí que nací, entre muchas otras cosas, en determinado territorio, en una sociedad con ciertas costumbres, con su propia historia y que me gusta esa contingencia, es decir, que me gusta ser argentina.
Luego de haber explayado este sentimiento y descubrimiento, utilizaré la noción de “a-priori antropológico” del filósofo argentino Arturo Roig, quien propone filosofar partiendo desde el eje de que somos seres valiosos.
Sin embargo, también, por supuesto, hay cosas que me disgustan. En este ensayo, quisiera hacer un pequeño acercamiento al porque siento que hay cierta esencia que quiero rescatar entre la incertidumbre en la que vivimos y en la que nuestras generaciones anteriores también vivieron, incertidumbre que creo, ha sido más dolorosa que alentadora pero que sin embargo, ha generado la mayor fuente de nuestra caracteristica sociedad. Más allá de la identidad argentina, construida de un extenso conjunto como sus paisajes, su urbanismo, su gastronomía, su música, etc. Podemos observar una energía entusiasta en la sociedad, energía que a veces ha sido históricamente enmascarada con falsas descripciones.
Pues, Argentina ha tenido un fuerte espíritu independiente, que se ha ido deconstruyendo y construyendo a medida de que las circunstancias dieron fuertes batallas a sus ciudadanos.
Con esto no quiero defender los contextos históricos deprimentes sino, detallar lo que más me ha admirado de mi sociedad pero no desde una mirada chovinista, sino en donde valoro lo que el humano es capaz de crear consigo mismo y con su sociedad.
En fin, valoro por sobre todo la energía argentina que se desarrolló históricamente para hacer frente a las circunstancias adversas a pesar de que quisiera que las circunstancias fueran otras. Para esta relación entre “sujeto” y “sociedad” me basaré en el texto “Cabalgar con rocinante. Democracia participativa y construcción de la sociedad civil: de Sarmiento y Artigas hasta Mariátegui” de Arturo Roig. A su vez, haré énfasis en las virtudes de mi sociedad como resultado de esa relación entre los ciudadanos argentinos y su situación social, para ello utilizaré “Las fuerzas morales” de José Ingenieros.
BIBLIOGRAFÍA
INGENIEROS, José (1923). Las fuerzas morales . En: Obras completas, vol. 19. Buenos Aires: Elmer, págs. 5-42 y 107-130.
ROIG, Arturo (2005). “Cabalgar con Rocinante. Democracia participativa y construcción de la sociedad civil: de Sarmiento y Artigas hasta Mariátegui”. En: José de la Fuente y Yamandú Acosta (coords.), Sociedad civil, democracia e integración. Miradas y Reflexiones del VI Encuentro del Corredor de las Ideas del Cono Sur . Santiago de Chile: Ediciones de la Universidad Católica Silva Henríquez, págs. 347-375.