Lolcow: Jerga de internet compuesta por LoL (Laughing Out Loud) y cow (vaca), utilizada de forma despectiva para referirse a personas que se convierten en blanco recurrente de burlas en línea.
Si bien el término no forma parte de un diccionario formal, existen registros de su uso al menos desde 2008 en Urban Dictionary, donde aparece una de sus definiciones más difundidas: una persona de la que se obtienen risas constantemente sin que necesariamente sea consciente de que es objeto de burla.
Dicho así, el problema es evidente: estamos hablando de convertir a una persona en un objeto de entretenimiento a partir de sus propias conductas y reacciones. La lógica del lolcow no consiste simplemente en reírse de alguien. Consiste en observarlo, provocarlo y amplificar sus reacciones porque cada nueva respuesta promete más contenido para la audiencia. Y aquí aparece una paradoja particularmente incómoda de internet: mientras más intenta defenderse una persona de quienes se burlan de ella, más material puede terminar proporcionándoles. Una publicación indignada genera otra; una amenaza de demanda genera memes; una transmisión para aclarar una polémica genera nuevos clips.
El sujeto deja de controlar por completo su propia representación y pasa a formar parte de una especie de espectáculo involuntario. La pregunta que sigue es la más incómoda: ¿es esto realmente «libertad de expresión»? La respuesta parece demasiado sencilla cuando se recurre al argumento de que «se expuso voluntariamente». Pero ¿hasta dónde llega realmente esa exposición? ¿Publicar voluntariamente algo significa aceptar todo lo que otros decidan hacer con ello?
Que alguien decida mostrar públicamente su vida, sus opiniones o sus errores no significa que quienes observan hayan adquirido el derecho de convertir cada una de sus reacciones en entretenimiento. Y aquí aparece una cuestión más difícil: ¿qué ocurre con nuestra responsabilidad individual cuando el entorno digital nos permite olvidar que aquello que consumimos, compartimos y provocamos tiene consecuencias sobre otra persona?
El problema, entonces, no sería solamente qué hace el lolcow, sino qué hacemos nosotros con él. Albert Bandura denominó como “moral disengagement” a los mecanismos mediante los cuales las personas pueden desvincular sus estándares morales de determinadas conductas, permitiéndoles ejecutar acciones perjudiciales sin experimentar necesariamente un conflicto moral proporcional. En internet, mecanismos como la difusión de responsabilidad, «todos lo hacen»; la deshumanización, «es un lolcow»; o la culpabilización de la víctima, «él se lo buscó», pueden transformar una conducta que fuera de internet reconoceríamos como cruel en una actividad que percibimos simplemente como entretenimiento.
A esto se suma un factor técnico que puede facilitar la desconexión moral: el anonimato y la distancia física que ofrece internet. El psicólogo John Suler describió este fenómeno como «efecto de desinhibición online» (online disinhibition effect) y señaló varios factores que pueden contribuir a él: la invisibilidad, es decir, no ver el rostro ni las reacciones de quien recibe el comentario; la asincronía, que permite escribir y desaparecer sin necesidad de sostener una conversación en tiempo real; y la disociación entre la identidad digital y la identidad presencial, que puede generar la sensación de que aquello que se hace «en internet» pertenece a un yo distinto del que existe fuera de la pantalla.
El fenómeno adquiere una dimensión todavía más problemática cuando las dificultades psicológicas, los trastornos o las conductas asociadas a ellos dejan de ser percibidos como parte de una situación humana compleja y pasan a funcionar como elementos del espectáculo. La angustia, la desregulación emocional, las conductas impulsivas o incluso los síntomas más evidentes pueden convertirse en aquello que la audiencia espera que ocurra, hasta el punto de que una reacción psicológicamente preocupante deja de provocar preocupación y comienza a provocar risa. El problema no es simplemente que alguien se ría de una conducta extraña, sino que determinadas condiciones o manifestaciones psicológicas terminan siendo normalizadas como material humorístico, mientras la persona que las experimenta queda reducida a su propio comportamiento.
Ese colapso entre la persona y su síntoma no cambia lo que ella es fuera de la pantalla, pero sí modifica los límites que el observador se permite cruzar frente a ella. La misma persona que jamás increparía a alguien en crisis frente a frente puede hacerlo sin demasiada fricción en un comentario, precisamente porque la pantalla actúa como un amortiguador entre la conducta y sus consecuencias sociales.
Ese amortiguador tiene un efecto adicional, y quizás el más perturbador: convierte el sufrimiento ajeno en narrativa de entretenimiento. Existe un paralelo evidente con The Truman Show, película que popularizó culturalmente la idea de una vida convertida en espectáculo permanente, observada por una audiencia que conoce el guión mientras el protagonista lo desconoce. A partir de esta referencia surgió también el uso del término «efecto Truman Show» para describir determinadas experiencias de sentirse observado y, posteriormente, algunas creencias delirantes relacionadas con esa idea.
La diferencia es que, en el caso del lolcow, no hay productor, ni casting, ni ningún tipo de cuidado editorial detrás. La persona no firmó ningún contrato para participar de un show; simplemente publicó algo, en algún momento de su vida, y una audiencia decidió unilateralmente que eso la convertía en personaje. A partir de ahí, cada gesto, cada intento de explicarse y cada síntoma visible de angustia pueden pasar a integrarse al guión que otros están escribiendo por ella. Y aunque abandone la plataforma o deje de participar, la narrativa ya puede haber adquirido una vida propia, sostenida por quienes la observan.
Y aquí conviene volver a la pregunta que dejamos pendiente sobre la libertad de expresión, porque no toda apelación a ella es igualmente válida. John Stuart Mill, uno de los defensores más influyentes de la libertad individual, planteó en Sobre la libertad (1859) un principio que sigue siendo fundamental para discutir sus límites: el harm principle, o principio del daño. Según Mill, el único fin legítimo para restringir la libertad de una persona frente a la coerción es evitar un daño a terceros; fuera de ese ámbito, cada individuo debe ser libre de conducir su propia vida, sostener sus opiniones y expresarlas. Esto suele citarse para defender el derecho a criticar, ridiculizar o disentir de figuras públicas, y con razón: la crítica, incluso cuando resulta incómoda u ofensiva, forma parte de la libertad de expresión.
Pero el propio Mill establece una diferencia relevante entre la expresión de una opinión y aquellas circunstancias en que una conducta puede producir un perjuicio concreto a otra persona. Publicar una opinión sobre la conducta pública de alguien es ejercicio de la libertad de expresión. Coordinar, sostener en el tiempo y amplificar deliberadamente un hostigamiento hacia una persona en crisis, con el propósito de intensificar sus reacciones para convertirlas en contenido para terceros, plantea un problema distinto. Ya no estamos hablando únicamente de expresar una opinión, sino de una conducta que puede producir un daño concreto y previsible sobre otra persona.
Mill no habría necesitado conocer internet para reconocer que la libertad individual no elimina la responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones. El problema de quienes invocan la libertad de expresión para justificar cualquier conducta asociada al fenómeno lolcow no está necesariamente en defender la libertad, sino en asumir que toda acción realizada mediante palabras, publicaciones o imágenes queda automáticamente protegida por ella. La libertad de expresión protege lo que decimos; no convierte automáticamente en legítimo todo lo que hacemos mediante ella.
Volviendo entonces a la pregunta inicial: no, esto no es simplemente libertad de expresión, al menos no en el sentido que el harm principle le otorga al término. La libertad de expresión ampara la opinión, incluso la más hostil; no ampara la coordinación deliberada de un hostigamiento sostenido cuyo objetivo es intensificar el sufrimiento ajeno para convertirlo en contenido. La distinción no depende de cuánto nos incomode la conducta observada, sino de si nuestra conducta como observadores produce un daño concreto y previsible sobre otra persona. Reconocer esa diferencia no exige una regulación estatal del humor cruel de internet: exige, primero, que cada individuo asuma la responsabilidad moral por lo que decide amplificar. Bandura (1999) ya lo advertía: la desvinculación moral no elimina la responsabilidad, solamente la vuelve más cómoda de ignorar.
Referencias
Bandura, A. (1999). Moral disengagement in the perpetration of inhumanities. Personality and Social Psychology Review, 3(3), 193–209. https://doi.org/10.1207/s15327957pspr0303_3
Gold, J., & Gold, I. (2012). The “Truman Show” delusion: Psychosis in the global village. Cognitive Neuropsychiatry, 17(6), 455–472. https://doi.org/10.1080/13546805.2012.666113
Know Your Meme. (s.f.). What is a lolcow? Literally Media. Recuperado el 2 de septiembre de 2026, de https://knowyourmeme.com/editorials/what-is-a-lolcow
Mill, J. S. (2003). Sobre la libertad (P. de Azcárate, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1859)
MrsKaylaKaulitz. (2008, 30 de septiembre). Lolcow. En Urban Dictionary. Recuperado el 2 de septiembre de 2026, de https://www.urbandictionary.com/define.php?term=lolcow
Suler, J. (2004). The online disinhibition effect. CyberPsychology & Behavior, 7(3), 321–326. https://doi.org/10.1089/1094931041291295