Cada generación tiene su Frankenstein particular. Para los abuelos de hoy fue el internet, que según algunos iba a desconectar a la gente y según otros era directamente cosa del demonio. Para los padres fue Facebook. Hoy esa misma mezcla de pánico moral y desconfianza le tocó a la inteligencia artificial, y como pasa cada vez que ocurre esto, la historia se repite casi con el mismo guión, primero el rechazo, luego la burla hacia quienes la usan y al final el silencio incómodo de quienes se quedaron atrás cuando el mundo ya había cambiado sin pedir permiso.
Bill Gates, que ha visto de cerca varias de estas revoluciones, lo dijo sin rodeos en un ensayo publicado en agosto de 2026 que se volvió viral. Según él, la transición hacia la era de la IA será uno de los períodos más turbulentos de la historia humana, y la inteligencia artificial podría convertirse en el mayor igualador jamás inventado o en la peor fuente de injusticia (Gates, 2026). Esa frase resume el corazón del debate, porque la IA no es buena ni mala por sí misma. Lo que va a decidir si libera o hunde a las personas es qué tan preparadas, y qué tan libres para aprender, estén quienes la van a usar.
Y nada de esto es nuevo. La imprenta, la electricidad, el automóvil y el internet fueron, en su momento, acusados de destruir empleos, corromper a la juventud y deshumanizar a la sociedad, y en la enorme mayoría de los casos terminaron generando más prosperidad, más tiempo libre y más oportunidades de las que destruyeron, aunque el camino nunca fue cómodo para quienes se negaron a subirse al tren. La economista Deirdre McCloskey ha dedicado buena parte de su obra a explicar este fenómeno, y sostiene que lo que realmente enriqueció al mundo moderno no fue solo la acumulación de capital sino un cambio de mentalidad, una nueva dignidad otorgada a quienes se atrevían a innovar y a probar cosas nuevas (McCloskey, 2010). El economista Joseph Schumpeter (1942) lo resumió con una imagen que hoy parece escrita para la IA cuando dijo que el capitalismo vive de perennes vendavales de destrucción creativa. Con eso quería decir que el motor que hace crecer una economía es el mismo que vuelve obsoletas las industrias viejas, así que esa destrucción no es un fracaso del sistema sino la prueba de que está funcionando, porque cada tecnología nueva que reemplaza una vieja libera recursos, ideas y personas para algo mejor de lo que hacían antes. Esos vendavales incomodan, pero también son los que limpian el camino para lo que viene.
Los bisabuelos de esta generación rechazaron el teléfono, los abuelos rechazaron el internet y los padres rechazaron las redes sociales. Hoy una parte de la sociedad está rechazando la IA con los mismos argumentos reciclados de siempre; que va a volver flojas a las personas, que les va a quitar la humanidad, que es peligrosa. La tecnología cambia, pero el miedo se mantiene idéntico. Y ese miedo pasa por alto algo esencial, y es que no se trata de dejar que la IA resuelva la vida de nadie. Delegar el pensamiento por completo en un algoritmo no es libertad, es pereza disfrazada de modernidad. La IA no sirve sin el ser humano detrás, y sin discernimiento humano es apenas una calculadora de palabras.
Ahí está precisamente el malentendido más grande de todos. Hay quienes creen que escribir un buen prompt o programar con ayuda de una IA no requiere esfuerzo ni inteligencia, y se equivocan por partida doble. Se equivocan primero porque un buen resultado con IA exige pensamiento crítico, entender el problema, formular la pregunta correcta, cuestionar la respuesta e iterar hasta que quede bien. Y se equivocan segundo porque la mayoría de los trabajos mediocres hechos con IA no son mediocres por culpa de la herramienta, sino por la pereza intelectual de quien estuvo detrás del teclado. Esas personas, las que quieren que la máquina piense por ellas en lugar de con ellas, son irónicamente las que primero van a perecer en el nuevo mercado laboral, y no por usar IA, sino por usarla mal.
Ese mismo rechazo ciego, además, tiene un costo que casi nadie menciona. Hay un patrón que se repite con cualquier tema que la sociedad decide no discutir abiertamente, y es que entre más se evita, más tabú se vuelve, y menos claridad legal se construye alrededor de él. Pasó con las criptomonedas en sus primeros años, cuando la mayoría de los gobiernos prefirió ignorarlas o tratarlas como una moda sospechosa en lugar de reconocerlas con reglas claras de propiedad y de resolución de fraudes, y esa indefinición terminó dejando a millones de usuarios sin recurso legal justo cuando más lo necesitaban, no por exceso de mercado libre sino por falta de un marco jurídico mínimo que protegiera lo que ya era suyo. Con la IA puede pasar algo parecido, porque entre más se satanice en lugar de entenderla, menos claridad legal y educativa va a haber cuando de verdad se necesite. El rechazo no frena el avance de la tecnología, solo deja desarmado a quien lo elige.
Gates no fue el único en notarlo, y esto ya dejó de ser solo intuición porque ya hay números que lo respaldan. Un estudio de la Universidad de Stanford con datos de nómina de millones de trabajadores estadounidenses encontró que el empleo de jóvenes de 22 a 25 años en ocupaciones expuestas a la IA está hoy un 19% por debajo de donde estaría si hubiera avanzado al mismo ritmo que el de sus pares menos expuestos, y que esa brecha se ha ampliado de forma sostenida desde 2025 (Brynjolfsson et al., 2026). Lo interesante es que los mismos investigadores no encuentran despido masivo generalizado en la economía, sino que las empresas contratan menos gente joven para las tareas donde la IA sustituye, mientras que en las tareas donde la IA complementa el trabajo humano el empleo se mantiene estable o incluso crece, sobre todo entre los trabajadores con más experiencia (Brynjolfsson et al., 2026). Son datos del mercado laboral estadounidense, y en América Latina, con mayor informalidad laboral, la dinámica probablemente sea distinta, aunque la lógica de fondo, que quien se capacita a tiempo tiene ventaja sobre quien no lo hace, aplica igual. Traducido a algo más simple, el problema no es la IA en sí, sino no tener todavía la experiencia para usarla como complemento en lugar de dejar que sustituya a quien la ignora.
Eso significa algo incómodo pero también esperanzador, porque en los próximos años la brecha entre quienes prosperan y quienes se quedan atrás no la va a marcar el dinero con el que se nace sino la disposición que se tuvo para aprender a tiempo. Quienes hoy llaman mediocres o tramposos a los que usan IA con el tiempo van a ser, muy probablemente, los primeros en quedarse sin trabajo cuando el mercado termine de acomodarse, y cuando eso pase no va a ser culpa de la tecnología ni de quienes se capacitaron a tiempo, sino el resultado natural de haber elegido la comodidad del rechazo por encima del esfuerzo de aprender.
Ahora bien, desde una perspectiva liberal no basta con citar a Gates y quedarse ahí. Su diagnóstico es sólido, porque la disrupción es real, es rápida y golpea primero a los más jóvenes y a los que tienen menos margen para adaptarse. Pero su receta merece un contraargumento serio, ya que no es una receta liberal. Gates propone crear nuevas instituciones estatales, tanto nacionales como internacionales, para coordinar la transición, reservar por ley ciertos empleos exclusivamente para humanos y establecer un impuesto sobre el uso de IA y sobre los robots para financiar redes de contención social. En el fondo es una respuesta estatista a un problema que es fundamentalmente de adaptación individual. Un impuesto a los robots no frena el avance tecnológico, simplemente lo desplaza hacia donde no exista ese impuesto o lo encarece para las pequeñas empresas, mientras que las grandes corporaciones que construyeron esa IA sí pueden pagarlo y hasta usarlo como barrera de entrada contra nuevos competidores. Reservar empleos solo para humanos por decreto tampoco resuelve el problema de fondo, que es la falta de capacitación, sino que lo pospone artificialmente y protege puestos ineficientes con dinero o regulación ajena.
La alternativa liberal no es ignorar el problema que Gates señala, sino resolverlo desde la libertad y no desde el control. Eso significa eliminar las barreras regulatorias que hoy le impiden a cualquier persona capacitarse rápido y barato, como las licencias profesionales innecesarias, los monopolios educativos y las trabas para emprender, y dejar que surjan mercados de recapacitación ágiles impulsados por la demanda real y no por un ministerio. Esa vía tampoco es gratis, porque habrá personas que no logren capacitarse a tiempo y paguen un costo real durante la transición, pero la respuesta a ese riesgo no es congelar el mercado laboral con impuestos y empleos reservados, sino abaratar y acelerar el camino hacia esa capacitación. Significa confiar en que, si se le quita el pie de encima a quien quiere aprender y reinventarse, la gente se adapta más rápido de lo que cualquier institución estatal puede planificar sobre el papel. La historia que se contó al inicio, la de la imprenta, la electricidad y el internet, no la resolvió un impuesto ni una ley de empleos reservados, sino gente libre para aprender, emprender y equivocarse sin pedir permiso.
Y ese es, al final, el punto central de todo este argumento, entender las nuevas tecnologías no deshumaniza, libera. Cada persona que aprende a usar una herramienta nueva, sea el internet en los noventa o la IA hoy, ejerce una de las expresiones más puras de libertad individual, la capacidad de decidir su propio futuro económico en lugar de esperar a que alguien más lo decida por ella. El propio Gates, pese a todas sus advertencias, no cierra su ensayo con pesimismo. Su llamado no es a frenar la tecnología sino a decidir con inteligencia cómo integrarla para que reduzca y no amplíe las desigualdades existentes. Esa es exactamente la conversación que el liberalismo debería estar liderando, no la de prohibir ni satanizar, sino la de construir el marco de libertad y responsabilidad individual que permita a cada persona capacitarse, adaptarse y prosperar por su propia cuenta.
La evolución tecnológica es inevitable y siempre lo ha sido. La única variable que realmente está en manos de cada persona es si decide entenderla y usarla con juicio o si prefiere hacerse la ciega mientras de todos modos avanza a pasos agigantados. La pregunta no es si la IA va a cambiar el mundo laboral, porque ya lo está haciendo. La verdadera pregunta es quién va a entenderla y usarla con inteligencia, y quién se va a quedar señalando a los que sí lo hicieron.
Referencias
Brynjolfsson, E., Chandar, B., & Chen, R. (2026). Canaries in the coal mine? Six facts about the recent employment effects of artificial intelligence. Stanford Digital Economy Lab. https://digitaleconomy.stanford.edu/publications/canaries-in-the-coal-mine/
Gates, B. (2026, 26 de agosto). The turbulent AI era is here. The choices we make now are critical. Gates Notes. https://www.gatesnotes.com/a-turbulent-ai-era-and-critical-choices-to-make
McCloskey, D. N. (2010). Bourgeois dignity: Why economics can’t explain the modern world. University of Chicago Press.
Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, socialism and democracy. Harper & Brothers.