Si eres joven, ves cómo el socialismo destruye todo lo que toca, lees a Mises o a Hayek –dos de los economistas más grandes de la tradición liberal clásica– casi por accidente, y de repente descubres que crees en el mercado libre, en la propiedad privada y en que el Estado debería meterse menos en tu vida, es completamente comprensible que mires a la derecha y pienses: estos son los míos. Comparten el vocabulario. Comparten los enemigos. En un mundo donde la única alternativa visible al socialismo parece ser la derecha, la tentación de identificarse con ella es lógica y entendible. El problema es que el liberalismo y la derecha no son lo mismo, nunca lo han sido, y confundirlos tiene consecuencias intelectuales y políticas que vale la pena entender antes de elegir una etiqueta.

Para entender por qué, hay que empezar por un problema de vocabulario que no es menor. Los términos izquierda y derecha nacieron en la Asamblea Nacional francesa de 1789, donde los partidarios del rey se sentaban a la derecha del presidente y los revolucionarios a su izquierda. Desde ese origen, derecha significó conservar el orden existente e izquierda significó transformarlo. En ese esquema original, los liberales clásicos, que querían acabar con los privilegios del Antiguo Régimen, limitar el poder de la monarquía y garantizar libertades individuales, eran inequívocamente de izquierda. Para Gauchet en su obra titulada “La redefinición de la derecha y la izquierda”, la confusión moderna viene de que ese eje se ha desplazado tanto que hoy los términos significan cosas distintas según el país, el idioma y la década en que uno los use.

En el mundo anglosajón, el problema se agrava porque la palabra liberal fue secuestrada a lo largo del siglo XX por la izquierda progresista estadounidense, de modo que allí liberal significa aproximadamente lo que en español llamaríamos socialdemócrata o progresista. Eso genera una confusión mayúscula cuando un latinoamericano formado en la tradición del liberalismo clásico de Adam Smith, John Stuart Mill o Friedrich Hayek intenta comunicarse con alguien educado en la tradición política norteamericana. Hablan de cosas distintas usando la misma palabra. En español, afortunadamente, la distinción teórica es más nítida: liberalismo refiere a la tradición que pone la libertad individual, el Estado de derecho y los límites al poder en el centro, y eso no es equivalente ni a la derecha ni a la izquierda contemporáneas. (Hayek, 1960)

Hayek, uno de los pensadores más importantes de la tradición liberal, lo dejó escrito con una claridad que no admite ambigüedad: dedicó un apéndice entero de “Los fundamentos de la libertad (1960)” a explicar por qué no era conservador. Su argumento era preciso. El conservadurismo, decía, es esencialmente una postura de resistencia al cambio, una defensa del orden establecido que no tiene principios propios más allá de la preferencia por lo conocido. El liberalismo, en cambio, tiene una dirección: la expansión de la libertad individual, la reducción del poder arbitrario y la confianza en que los procesos espontáneos de la sociedad, el mercado, la cultura, la familia, producen mejores resultados que la planificación desde arriba, venga de quien venga.

Las diferencias concretas son importantes; nos referimos aquí a la derecha en su expresión más habitual y mayoritaria. La derecha tradicional tiende a defender la autoridad moral del Estado en la vida privada de las personas: qué pueden hacer con su cuerpo, con quién pueden casarse, qué valores deben profesar. El liberalismo clásico considera que esas son decisiones que pertenecen al individuo y que el Estado no tiene ninguna legitimidad para regularlas. La derecha tiende al nacionalismo económico, a los aranceles proteccionistas y a la desconfianza del comercio internacional cuando amenaza industrias nacionales. El liberalismo defiende el libre comercio como principio, no como conveniencia coyuntural. La derecha frecuentemente instrumentaliza la religión como herramienta de cohesión social y poder político. El liberalismo defiende la libertad religiosa, que incluye la libertad de no creer, y rechaza que el Estado adopte una fe como propia.

¿Por qué entonces la derecha resulta más atractiva para el joven que descubre el liberalismo? Porque en el paisaje político actual la derecha ha tomado prestado el lenguaje de la libertad con una habilidad considerable. Habla de libre mercado, de menos impuestos, de reducir el Estado, y en ese registro suena liberal. Pero con frecuencia, ese discurso coexiste con autoritarismo en lo cultural, nacionalismo en lo económico y concentración de poder cuando conviene. La libertad selectiva, la que aplica al mercado pero no a la vida privada, la que defiende la propiedad pero no la disidencia, no es liberalismo. Es conservadurismo con mejor marketing.

El liberalismo es incómodo precisamente porque es consistente. No le da al Estado poder sobre tu economía ni sobre tu cuerpo. No hace excepciones cuando el resultado le disgusta. No defiende la libertad solo para los que piensan igual. Esa consistencia lo hace difícil de encajar en cualquiera de los dos polos del espectro contemporáneo, y es exactamente esa dificultad la que lo hace valioso. En un momento en que tanto la izquierda como la derecha ofrecen versiones distintas del mismo proyecto, que el Estado resuelva los problemas correctos según quien mande, el liberalismo sigue siendo la única tradición que desconfía del poder con independencia de quién lo ejerza.

Entender eso no significa ignorar las coincidencias reales que existen con ciertos sectores de la derecha en temas económicos o en la defensa de instituciones liberales frente al avance del socialismo. Las alianzas tácticas en política son legítimas. Lo que sí importa es evitar confusión de identidad. Un liberal puede votar por un partido de derecha en una elección concreta sin dejar de saber que no es lo mismo. Esa claridad no es purismo estéril. Es la condición mínima para que el liberalismo siga siendo una idea con contenido propio y no simplemente el ala económica de un movimiento conservador.

El liberalismo no es la nueva derecha porque la derecha moderna tomó palabras con siglos de historia liberal y la convirtió en slogans. Pero hay que reconocer que lo hizo con eficacia. Entendió que la apolarización y el lenguaje de libertad como herramienta emocional conectan con audiencias amplias de una manera que el liberalismo, más exigente en sus consistencias, no ha logrado replicar. Ahí está el verdadero reto del liberalismo, que no es trata de afinar sus ideas –que ya están afinadas– sino aprender a comunicarlas sin traicionarlas. Por eso el liberalismo no es la nueva derecha, pero ojalá lo fuera.

Referencias

Friedrich Hayek (1960). Why I Am Not Conservative [Por qué no soy conservador]. https://www.cato.org/sites/cato.org/files/articles/hayek-why-i-am-not-conservative.pdf

Gauchet, M. (2016). The redefinition of Right and Left [La redefinición de la derecha y la izquierda]. Le Débat, 2016(5), 35–46. https://doi.org/10.3917/deba.192.0035

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