Dicen “soy libre”
como quien lanza una palabra
sin mirar lo que pesa.
Dicen libertad
y piensan en hacer todo,
en no rendir cuentas,
en vivir sin límites
como si el mundo empezara y terminara
en uno mismo.
Pero no era eso.
La libertad no nació
para justificar el descuido,
ni para disfrazar la indiferencia
de valentía.
No es ignorar al otro,
ni cerrar los ojos
ante lo que incomoda.
No es ruido,
no es exceso,
no es capricho.
John Locke
no habló de una libertad sin consecuencias,
habló de derechos,
sí,
pero también de límites
que comienzan donde empieza el otro.
Y aun así,
qué fácil es deformarla.
Convertirla en excusa,
en argumento vacío,
en bandera que se levanta
solo cuando conviene.
“Soy libre”, dicen,
mientras repiten ideas sin cuestionarlas,
mientras siguen tendencias
como si pensar fuera opcional.
Qué ironía,
creer que se es libre
cuando ni siquiera se elige
qué pensar.
John Stuart Mill
advirtió sobre la tiranía silenciosa,
esa que no necesita leyes,
ni castigos,
ni imposiciones visibles.
Esa que vive en la opinión ajena,
en la mirada colectiva,
en el miedo a ser distinto.
Y sin embargo,
la llamamos libertad.
La usamos sin entenderla,
la defendemos sin practicarla,
la exigimos sin asumir lo que implica.
Porque ser libre
no es cómodo.
Ser libre
es pensar cuando otros repiten,
es sostener una idea
aunque tiemblen las manos,
es decidir
y aceptar las consecuencias.
Ser libre
es incómodo,
es solitario,
es exigente.
Y tal vez por eso
preferimos una versión más simple,
más ligera,
más fácil de sostener.
Una libertad sin responsabilidad,
sin reflexión,
sin compromiso.
Pero no era eso.
La verdadera libertad
no grita,
no se impone,
no se usa como excusa.
Se construye.
En silencio,
en decisiones pequeñas,
en la coherencia diaria
de quien entiende
que ser libre
no es hacer lo que quiere,
sino ser capaz
de elegir bien
cuando nadie está mirando.