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Por: Diego Alejandro Velásquez Lozada

País: Bolivia

Cuando hablamos de esa entidad llamada “pueblo”, que expresa su “voluntad general”, tal como lo pensaría Rousseau en la segunda mitad del siglo XVIII, a lo mejor se nos viene a la mente el caótico panorama latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX, con los movimientos “revolucionarios” de izquierda, los movimientos indígenas de la década de los 90 o a cierto líder de boina roja de la segunda mitad de la década de los 90.Sin embargo, las raíces de esa entidad no responden a los últimos años, sino que tienen un origen mucho más remoto, específicamente en el siglo XVII.

En aquel entonces, Descartes entendía la razón como algo preconcebido de la voluntad de Dios. Los seguidores de sus ideas reemplazaron la noción de  “voluntad de Dios” por la de “voluntad general”, concept que años después se adoptó en occidente, con preeminencia en América Latina, siguiendo en esa línea el concepto de “pueblo” como una voluntad incuestionable.

El problema de ese concepto radica en mezclar un concepto teológico, cuya relación con la realidad es una cuestión individual de fe, con la consagración de una entidad falible, centralizada, considerada incuestionable y además, dotarla de una facultad representativa, planteando una premisa imposible: “un hombre, o muy pocos pueden interpretar la voluntad de una infinidad de individuos”.

Esto nos lleva a lo que Friedrich Hayek denominaba “los errores del constructivismo”, es decir, creer que, por ejemplo, las leyes, las instituciones y demás son una cuestión que nace de la razón individual y es preconcebida, cuando, por otro lado son producto no de una “voluntad” general interpretada por un representante o de una persona con capacidades excepcionales, sino de miles de individuos cooperando y observando diversas variables. 

A modo de concluir, podemos considerar que “el pueblo”, más allá de un recurso narrativo trillado de los diversos colectivismos latinoamericanos, representa una idea peligrosa que legitima dictadores, degenera instituciones y desvirtúa las leyes, permitiendo la expoliación. Además, en última instancia genera una polarización entre dos entes: “el pueblo” y el “anti-pueblo”, los cuales se forjarán al capricho de la propaganda. El deber del movimiento liberal es evitar la propagación de esas ideas, al constituir las mismas un verdadero enemigo de la libertad y la paz.

Fuente

Hayek, F. A. (1948). The Errors of Constructivism, Recuperado de https://jeffersonamericas.org/wp-content/uploads/2020/08/rev29_hayek.pdf en  2024-04-15.


Estudiante de derecho y ciencias políticas-coordinador local de estudiantes por la libertad.

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