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Economía de Libre Mercado

La diferencia entre un buen economista y uno terrible

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“El mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.” Frédéric Bastiat


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Arturo Portillo

Arturo Portillo es Coordinador de Actividades para EsLibertad en América Latina. Es Asociado de programas internacionales para Foundation For Economic Education. Asociado de programas para Caminos de la Libertad. Economista por el Instituto Politécnico Nacional y estudiante de Ciencias Políticas por la Universidad Nacional Autónoma de México.


El renombrado economista Frédéric Bastiat en su obra “Lo que se ve y lo que no se ve” nos explica lo que en el criterio de casi cualquiera definiría lo que es un mal economista de uno bueno.

Un mal economista tiende a pensar en el corto plazo, la excusa común es que “en el largo plazo todos estamos muertos”, pero la realidad es que no pueden ni imaginarse las consecuencias de largo plazo, porque sufrirán de una fatal arrogancia.

Un mal economista, por ejemplo, podría pensar que una forma de erradicar la pobreza sería a través de un Ingreso Básico Universal (UBI), porque lo que se ve en el corto plazo es que las personas tendrían un mayor ingreso, un mayor consumo y eso a su vez, un mayor dinamismo económico – inversión, empleo, ahorro -. Ésta puede parecer una visión de largo plazo, pero no lo es. La economía no tiene un comportamiento lineal y atemporal. Para que ésto ocurra requiere que “todo lo demás permanezca constante”, pero cuando se plantea que, para que una política económica funcione se requiere de que todo permanezca constante, olvidamos el factor más errático e inconsistente de la economía, el ser humano.

Lo más seguro que ocurra con una persona que recibe un Ingreso Básico Universal es que dentro de su cabeza comenzará a plantear escenarios:

“Si el IBU supera mis ingresos por trabajar optaré por el paro, porque tengo un incentivo para no trabajar”. 

“Si se encuentra un poco por debajo de mis ingresos optaré por el paro, porque no tiene sentido trabajar 60 horas por semana por unos cuantos dólares más”.

Para éste escenario aún no han transcurrido más de 10 minutos y la factibilidad de ésta política pública ha expirado. El IBU se transformó en una reducción del empleo, una reducción en la producción y una reducción en la generación de riqueza, un efecto contrario al esperado.

Pero supongamos que el IBU es lo suficientemente bajo como para que ninguna persona opte por el paro, un IBU por debajo del salario mínimo indispensable de una sociedad ¿Que ocurriría? 

Una destrucción de riqueza lenta pero sostenida que resultaría en su inviabilidad a largo plazo. ¿Por qué?

Porque en éste escenario hablamos de un IBU que, si bien cumple su cometido de incrementar la renta de los individuos sin promover el paro, los costos de transferencia son un contra peso. El IBU entonces termina siendo en realidad una política de empleo para una serie de funcionarios encargados de asignar a los beneficiarios, administrar el arca asignada a éste subsidio, realizar las transferencias, evaluar el impacto. 

¿Cuál es el problema con este escenario? El costo de oportunidad.

El IBU sería – en el mejor de los casos – pagado con los impuestos de los contribuyentes, si esa población tiene una política fiscal gradualista las personas con mayores ingresos sostendrán el IBU de los que tienen menores ingresos, y bien, todo ese dinero que pasó a ser un impuesto pudo haber sido más provechoso en la instalación de una nueva planta industrial, en la contratación de 100 trabajadores adicionales, en la inversión de investigación y desarrollo privada. 

Casi cualquier alternativa al uso del dinero destinado a un hipotético Ingreso Básico Universal habría tenido como resultado una mayor creación de riqueza, un mayor desarrollo, mejores salarios y especialización en lugar de diluirse entre los asientos de un par de miles de burócratas.

El Efecto Cobra

Durante la India Colonial el gobierno británico, preocupado por el gran número de cobras venenosas en las ciudades, decidió ofrecer una recompensa a los ciudadanos por cada cobra que lograran matar. 

Como seguramente se te pudo haber ocurrido, la primera consecuencia de largo plazo que no pudieron imaginar fue que comenzaron a surgir criaderos de cobras. Las cobras nacían, maduraban, eran asesinadas y su recompensa era cobrada. El gobierno – tan astuto – decidió acabar con el incentivo, los criaderos cerraron y el problema se resolvió… ¿o no?

Los criaderos soltaron a las cobras en las ciudades al eliminar por completo sus incentivos por resguardarlas y criarlas y las ciudades de la India Colonial ahora tenían más serpientes que incluso antes de emitir las recompensas.

En mi país natal, México se puso en marcha una iniciativa para reducir la contaminación generada por los automóviles que prohibía la circulación durante algunos días de la semana dependiendo de los números de placa de los vehículos. El efecto cobra volvió a surgir y en lugar de reducir la contaminación la incrementó, pues ahora las familias compraban dos vehículos, uno extra para los días que el otro no pudiera circular libremente. Obviamente muy pocas familias pueden adquirir un segundo vehículo en un país tan pobre como México por lo que el segundo vehículo tendía a ser más antiguo y más contaminante.

Hay muchas razones por las cuales las políticas económicas tienden en su mayoría a fracasar, una de ellas es porque, en palabras del economista afroamericano Thomas Sowell:

La primera regla de la economía es que los bienes son escasos. Nunca hay suficiente para satisfacer a todos. La primera regla de la política es negar la primera regla de la economía

En otras ocasiones se olvida que la economía es una ciencia descriptiva, no normativa y que sin importar los delirios de ingeniero social con los que algunos de mis colegas cargan, no pueden hacer que los individuos actúen de la manera en la que ellos desean, por más robustas, complejas e intimidantes que parezcan sus preposiciones. 

La diferencia entre un buen economista y uno terrible es también, además que el buen economista puede cambiar la comodidad de su presente por el progreso en el futuro, mientras que un mal economista opta por sacrificar su futuro por un momento tan cómodo como efímero.

La capacidad de pensar a largo plazo no refiere a prever lo que pasará en 1 mes, 1 año o una década completa, sino en contemplar lo que ocurrirá más allá del primer segundo en que nuestras propuestas sean aplicadas en la sociedad y considerar que muchas veces “Lo que no se ve” de las políticas económicas es la razón por la que casi ninguna de ellas funciona de manera sostenida ni tiene un impacto relevante en sus objetivos ya sea acabar con la pobreza, reducir la contaminación, el crimen o incluso la proliferación de reptiles venenosos.


Esta publicación expresa únicamente la opinión del autor y no necesariamente representa la posición de Students For Liberty Inc. En el Blog EsLibertad estamos comprometidos con la defensa de la libertad de expresión y la promoción del debate de las ideas. Pueden escribirnos al correo [email protected] para conocer más de esta iniciativa

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