El ascenso de un presidente norteamericano ha removido los compromisos filosóficos del liberalismo; de un año al otro, la bandera de la libertad de mercado se ha transmutado en proteccionismo. Las ideas de la libertad parecen haber sido usadas como nueva piel, como estrategia de marketing de grupos conservadores que no pudieron resistir a las nuevas dinámicas del mercado.
Los aranceles y la protección de la economía nacional
En las últimas décadas, durante las elecciones presidenciales latinoamericanas, siempre se ha etiquetado a las posturas de izquierdas como anti-mercado, pues proponían, entre otras cosas, la protección de la industria nacional a través de barreras arancelarias a productos extranjeros. Este tipo de propuestas eran de las más criticadas y desfasadas de esas campañas políticas, pues los liberales entendíamos que no podíamos crear artificialmente un ecosistema donde la industria nacional era exitosa, sin antes ponerla a prueba compitiendo con la industria internacional.
Entonces, ¿cómo es posible entender el apoyo de grupos ‘liberales’ a un gobierno que impone barreras arancelarias en el mercado internacional? Creo que se trata de un vicio camaleónico: así como los conservadores asumieron las banderas liberales/libertarias para hacer un rebranding a su etiqueta; ahora se buscan héroes populares que ‘deben’ ser adjudicados como liberales/libertarios por su representatividad de estar en contra de— y no a favor de—.
Esta dinámica puede reflejarse, por ejemplo, en la adhesión a personajes políticos que estén en contra de la agenda woke, pero que filosóficamente no pertenecen a un campo de coincidencias, y se cae en el error de tomar como única referencia para alianzas al siguiente criterio: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Este tipo de dinámicas se condice con el contexto de la batalla cultural, en donde la anulación del otro representa la finalidad de una postura. Sin embargo, lo que trae consigo es la renuncia a las convicciones filosóficas que dan forma a la actitud liberal: sin restricciones y menor intervención estatal en el mercado. La simpatía por el nuevo presidente estadounidense no debería nublar (con entusiasmo) la crítica de las propuestas que nos alejan de las ideas de la libertad.
El liberalismo y libertarismo han sido un buen rebranding para los pensamientos conservadores, pero debemos tener en claro que las convicciones filosóficas de la actitud liberal no deben de guiarse por entusiasmos partidarios, mucho menos por cultos a la personalidad. Las políticas arancelarias no hacen más que atentar contra la libertad de mercado, fomentando así el intervencionismo estatal. Y lo que es aún más grave: expresar literalmente que el arancel representa un castigo. Por esta razón, es importante recordar que tras lo efímero de la política, siempre debe prevalecer la forma de nuestra filosofía.