¿Deseas mantener la política lejos de tu vida? Bienvenido al liberalismo

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Un ensayo sobre el poder de las etiquetas en política

El liberalismo (o libertarianismo) entraña una gran paradoja: Es, por diferencia, la ideología política más fácil de entender, y sin embargo, somos aún una pequeñísima minoría los que nos identificamos con ella. Realmente, para ser liberal solo hace falta creer en la máxima: “la libertad de uno termina donde empieza el derecho a la vida, a la libertad o a la propiedad del prójimo”. Interiorizando ese principio -de John Locke- uno puede sacar grosso modo todas las conclusiones necesarias en su vida acerca de qué está bien y qué está mal, de qué es justo y qué injusto. 

Y os preguntareis: Si el liberalismo es tan fácil de resumir y explicar, ¿Cómo es que tiene tan pocos seguidores? Tal y como ya expliqué en este artículo, una de las razones es por el inconveniente gatekeeping que profesan muchos libertarios radicales, que con tal de no ensuciarse los zapatos de fea realidad, se pierden en mundos de fantasía teórica en lugar de perseguir un cambio político real. Pues hoy hablaré de otra razón: el miedo a la etiqueta liberal libertaria y la pertinencia de abrazarla y compartirla..

En primer lugar, a la mayoría de la gente le da miedo reconocerse como miembro de algo minoritario. Los liberales somos una minoría en el espectro político, y pertenecer a una minoría no suele ser algo agradable, ya que requiere de suficiente valentía como para reafirmarse ante la mayoría sin ser absorbido por esta. El experimento de Asch es solo uno de los tantos ejemplos que prueban este fenómeno.

Y es aquí donde quiero hacer más hincapié. La principal causa por las que los partidos de izquierda siguen triunfando a pesar de su recurrente mala gestión (fruto de su adicción a la irrealidad, como diría Antonio Escohotado) es porque existe una inmensa cantidad de gente que se autopercibe como de izquierdas, aunque la mayoría de ellos no sepan ni les interese saber sobre política y economía. He ahí la quintaesencia de la democracia actual: el afán identitario.

La mayoría de la población no elige a sus líderes por la valoración sincera de los resultados de sus políticas, sino por sentirse identificados con ellos. ¿Por qué “el casoplón del coletas” ha demostrado ser el más efectivo argumento contra Podemos cuando objetivamente es un asunto que no repercute negativamente en la vida del pueblo? ¿No es evidentemente más coherente indignarse por las desastrosas decisiones políticas de la formación morada que por la vida privada de sus miembros? Pues no, al votante promedio de la extrema izquierda le duele más verse tan distinto de los que una vez vestían de Quechua y vivían en Vallecas, que contemplar el aumento de la inseguridad en las calles o de su recibo de la luz.

Por tanto, planteo un claro camino para convertir de una vez al liberalismo en un fenómeno de masas: conseguir que el mayor número de gente posible se llame a sí misma liberal/libertaria, aunque realmente no estén interesados en la ciencia política. No es necesario que hayan leído ni un solo libro de la escuela austriaca. Basta simplemente con que no vayan en contra de lo que dichos libros dicen (ya que sí sería un despropósito agregar a la comunidad a personas que no coincidan con los principios básicos del liberalismo solo por sumar miembros).

Ahora os preguntaréis de dónde sacamos a esa gente que no se autodenomina libertaria pudiendo coincidir con los principios: Pues en primer lugar, de los que se llaman a sí mismos apolíticos o afirman no adscribirse a ninguna ideología. Todos conocemos a alguien así, al típico que dice: “¿para qué voy a apoyar a un grupo político si al final todos son unos chorizos?”, o “yo rechazo apoyar una ideología porque soy librepensante y no quiero tener ataduras a la hora de opinar”. Si nos paramos a pensarlo, esa gente seguramente tenga alma libertaria sin saberlo, ya que el liberalismo es la única ideología (si así queremos llamarlo) que se basa en la desconfianza sobre el poder político y en el derecho de cada ciudadano a vivir de la forma más acorde posible a sus propios ideales particulares (siempre que no se entrometa en los del prójimo). 

Ser liberal no implica un estilo de vida concreto. Ser liberal es precisamente defender que cada uno elija el estilo de vida que quiera. Uno puede, por ejemplo, ser libertario y despreciar el mercado de las criptomonedas y la bolsa, pasando de meter un solo euro ahí; siempre que permita a los que opinen lo contrario que sí inviertan lo que quieran. Uno puede también ser libertario y al mismo tiempo una persona muy religiosa a la que le guste vivir bajo reglas estrictas y educar a sus hijos en esos valores; siempre que limite dichas reglas a su hogar.

Para más inri, en el liberalismo tenemos el derecho a la asociación voluntaria, que permite, por ejemplo, que el que no confíe en el sistema capitalista pueda montar una comuna colectivista con quienes libremente se unan a él. Y no es solo una promesa; existen antecedentes históricos que demuestran el cumplimiento de esta ley: las “sectas” comunistas que se asentaron en los Estados Unidos poco después de su fundación, huyendo del autoritarismo de la mayor parte de Europa del momento. Hay un video en Youtube de una conferencia donde Escohotado profundiza en este fenómeno, por si a alguno le da curiosidad.

Volviendo al asunto de la gente que afirma no apoyar a ningún “bando” en política, es menester manifestar dos cosas: En primer lugar, que no estar de acuerdo con la ley no nos exime de cumplirla ni de financiarla con nuestros impuestos. Que por muy anarquista que sea uno, va a tener que tragar con las ocurrencias del político de turno. En definitiva, que la política es la administración del común de la ciudadanía, y por tanto, nos afecta a todos obligatoriamente. Por tanto, si queremos independizarnos lo más posible del poder político, la solución no es la indiferencia, sino defender las ideas individualistas: el libertarismo. De hecho, no se me ocurre mayor favor a la clase política que pasar de todo y resignarse impasible a obedecer al amo que toque. 

Y en segundo lugar, que con la inmensa cantidad de ideologías, religiones, doctrinas, idearios, etc. que existen, muy raro me parece que haya tanta gente que afirme tener ideas tan particulares como para no poder ser comprendidas dentro de ningún esquema filosófico. Habría que preguntarle a todos los que dicen eso, si antes de tomar tal postura dedicaron el suficiente tiempo a indagar sobre la inmensa cantidad de opciones preexistentes y comparar su compatibilidad con sus ideas. Tengamos en cuenta que una nueva ideología puede surgir tan fácil como que uno de los escépticos previamente aludidos, con su sistema propio de pensamiento, sea seguido por un mínimo de gente que se de cuenta de que piensa igual que él. La cuestión es: Estamos a 2025 d.c., ¿de verdad crees que eres el primero en la historia en opinar lo que opinas? Yo personalmente consideraría el tamaño de mi ego antes de responder a esa pregunta.

Precisamente, el libertarismo es el esquema filosófico más abierto a debate que existe, ya que tiene como brújula el método científico. Quien crea que ha encontrado una manera de reformar (y así mejorar) una postura liberal en concreto, que no tenga miedo de exponer su argumento. La ciencia política debe ser un campo en constante evolución. Todas las posturas liberales se basan siempre tanto en la defensa filosófica de la libertad individual como en la evidencia empírica. Como ejemplo: un partidario de la libertad no solo está en contra de los altos impuestos porque suponen -en el fondo- un robo legalizado, sino también porque objetivamente ralentizan el desarrollo de la economía, y con ello, el progreso del país.

Los habrá más ortodoxos con la teoría o más abiertos, pero todo liberal de verdad tiene que cumplir con un mínimo de las dos partes: lo que sería idílicamente más justo y  lo que funciona empíricamente en el mundo real. De todas formas, rara vez estas dos cosas no coinciden. Así que si te consideras una persona puramente pragmática y te quitas de prejuicios, lo más probable es que te des cuenta de que el liberalismo es la coordenada más afín a la genuina búsqueda de la verdad. 

De modo que no tengas miedo, y comienza a llamarte a tí mismo un liberal de pro. Tenemos lo más importante, que es la razón; lo único que queda es unirnos todos para mostrarla al mundo como es debido.

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