Al pensar en la figura de un líder, hay una serie de características que aparecen en nuestra mente, algunas muy generales y otras muy específicas que en su conjunto conforman la “fórmula maestra” para ser la mejor versión de uno, o la peor versión mejor equipada.
Tomando de referencia distintos artículos sobre liderazgo, libros dedicados, entrevistas y algunos tutoriales en Youtube (para equilibrar la balanza de expertos), podemos nombrar las características que hacen brillar a los diamantes en bruto: capacidad de tomar de decisiones correctas bajo presión; análisis profundo del entorno; amplios conocimientos; convicción desmesurada para lograr un objetivo; hacer que todas las personas a su cargo logren identificarse con él; gran carisma capaz de influenciar tanto a personas cautas como incautas; y por último pero no menos importante, aparente entereza y humildad al actuar, sacando lo mejor de cada uno de sus seguidores.
Luego de leer el párrafo anterior al menos tres veces, y sobre analizarlo, algunos notarán lo inquietante que es la cantidad de poder que pueden poseer algunas personas. La mezcla de aquellos elementos tiene cuatro resultados altamente dependientes de un catalizador intrínseco en cada persona, haciendo que la presencia (o ausencia) de ellos determine el accionar final de la misma y a su vez, la de todos aquellos afines a ella:
Pero, ¿Qué sucede si una persona egoísta y rencorosa logra conocer no solo las necesidades y sueños de las personas, sino también transformarla en una fe ciega en su persona, o su objetivo? Lo que sucede, es que se convierte en la bomba de tiempo perfecta. Seres de alta influencia, poderosos socialmente y con el ego tan alto que su caída conlleva en una crisis casi tan catastrófica como su momento de brillar, los llamados Dictadores. Estos existen desde el escalafón más bajo de las comunidades, hasta los círculos de influencia más alto a nivel global, conocidos de distinta forma en cada lugar pero con la característica de ser temidos y amados por igual.
Cada uno de nosotros es capaz de ejemplificar los casos anteriores, e incluso de pensar nuevas formas (otros catalizadores) que podrían mejorar o empeorar estas combinaciones , pero la incógnita real es si seremos capaces de pensar cuál somos, cuál queremos ser y cuál debemos evitar. La libertad para elegir es tan grande como las cadenas que nos contienen, y somos todos capaces de cambiar nuestro mundo de la forma que nos plazca, ya que al final sembraremos las semillas de un árbol que entre todos cosecharemos, por más podrida que termine la fruta.
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